El macho argentino está destinado al triunfo o al fracaso según su destreza en la parrilla.
¡Un rico martirio!
Si bien el hombre se mantiene lejos de las cacerolas, una de las más altas muestras de masculinidad toma ribetes culinarios. El hombre que no sepa hacer correctamente un asado será juzgado como “poco masculino”.
Inmerso en semejante desgracia aquel que no está ducho en la cocción criolla de la carne, deberá someterse a toda una serie de máximas acerca de la buena destreza del buen asador. Pero aquí reside una menuda dificultad: las normas son siempre diversas y hasta contradictorias, según el experto que las enuncie. El aprendiz se ve envuelto en una confusión que termina agobiándolo. Se aleja de la parrilla sintiéndose poco hombre.
Qué cómo se enciende el fuego, de qué modo se ubica la carne, cuál es el momento del chorizo y cuál el del pollo, que el hueso primero hacia el fuego, el lomito y la bondiola, cómo distribuir los bocados para que los comensales estén satisfechos, cuánto tiempo estar cerca del fuego, cuándo mirarlo desde lejos… es demasiado para un solo hombre.
A toda esta catástrofe se suma la mirada de toda la concurrencia que escrutará y juzgará luego al asador. Una desdicha.
Parece que ser hombre es oler a humo, ¡pero nunca hacer las ensaladas! Entre esas identidades debe manejarse el macho argentino.
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